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Solo Dios es el Dueño de Nuestras Vidas

Mi nombre es Natalia Arévalo, tengo 32 años.

Estoy sanada de Lupus eritematoso. Cuando me diagnosticaron esta enfermedad vivía en la ciudad de Cali en el año 2005.

Esta enfermedad me mantuvo en cama prácticamente como un vegetal, perdí toda movilidad muscular. Me desahuciaron en las mejores clínicas de Cali. Una doctora me pronosticó 15 días de vida, me dijo que comprara una silla de ruedas para que no estuviera tan incomoda para mi movilización y que esperara tranquilamente la hora de muerte.

Llegué a Barranquilla, estaba irreconocible, parecía una anciana. Asistí donde el medico, me dijo que buscara ayuda espiritual. Empecé a reconciliarme conmigo misma y con Dios, nunca pensé en los 15 días que me faltaban.
Un Domingo decidí ir a la playa con mi esposo, cuando pasamos vimos una multitud de gente, había algo que me decía que me quedara ahí, así que me devolví con mi esposo al Santuario. Ese día asistí a la misa de sanación que hacia el Padre Hollman. Con mi esposo comencé a asistir al santuario, el padre Hollman me ungía con el aceite y me hacia sanación, yo me arrodillaba ante el Señor de los milagros, me entregaba con mucha fe a el, le pedía que me sanara, que me diera una oportunidad de vida, después escuchábamos la misa. Poco a poco comencé a sentir mejoría y fui dejando las medicinas. El médico que me atendía se molestaba y me decía que no podía dejar de tomar el medicamento.

El domingo 24 de septiembre del 2006 asistí al Santuario de Sanación, ese día me entregue con mucha fe al Milagroso y le pedí que me diera una señal si estaba sana, si el lupus había desaparecido de mi cuerpo, en ese momento el Padre Hollman se me acerco, me ungió y me dijo: Vete tranquila estas sanada. Comencé a sentir un calor muy fuerte que invadía mi cuerpo desde los pies hasta la cabeza y quede desmayada.

Al día siguiente fui al médico, me realizaron unos exámenes y todos salieron negativos. El Doctor no podía creerlo y me volvió a repetir los exámenes, de nuevo salieron negativos, no quedaba ningún rastro de la enfermedad. El me preguntaba: ¿Que pasó con el Lupus? Yo solo le respondí: El Señor me ha Sanado.